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miércoles, 19 de enero de 2011

EL LADRÓN DE GATOS

En una de esas conversaciones anónimas escuchada en una de las largas filas que se forman en Armenia para pagar cualquier servicio público por anticipado escuché la siguiente historia por boca de Gloria.
Ella es una mujer de unos 40 años, tez blanca, baja estatura, cabello rojizo tinturado y gracia al caminar. Vive como ella misma lo confirma en un populoso sector de la ciudad en una casa que está en proceso de venta, porque entraron en crisis económica.
Mientras más calienta el sol y el cielo se torna más azul , Gloria ve una mujer bien vestida que se acerca a la fila a pedir limosna para pagar la cirugía de corazón abierto que requiere su hijo y que le practicarán en la Fundación Cardio Infantil de Bogotá.
El joven que acompaña la desconocida mujer tiene unos 16 años, es alto, rosado y de buen estado físico, no parece realmente tener ninguna cardiopatía.
Las demás mujeres, humildes también como Gloria comentan en la fila que pobre señora, que hay que ayudarla, que qué tal uno con un hijo enfermo y sin ningún centavo para llevarlo al médico y narra la anécdota del día aquel en que descompletó los $200 pesos de su transporte, por compararle un pan a un mendigo y cómo a ella misma, acto seguido le tocó pedir para llegar al barrio donde vive.
Como cualquier maravillosa contadora de historias y con una memoria prodigiosa dice que se acuerda mucho del mendigo porque un sobrino suyo, bachiller del Colegio Nacional, se volvió ”desechable” de tanto “fumar vicio” reafirma ella.
Y señala la lucha titánica que dio su abuela para que al muchacho no lo fueran a echar de la casa y como su padre un conductor de bus urbano, no lo volvió a dejar a entrar a la casa, nunca jamás. Recuerda con precisión el día en que se entró a la casa de la abuela, bajó la ropa de los alambres del patio y se fue a venderla para comprar bazuco y como tiempo después, entre todos sus hermanos y parientes tenían que recoger mensualmente los 650 mil pesos para pagarle el centro de rehabilitación de donde se fugó posteriormente.
Y el día aquel en que ella, trabajando en uno de los restaurantes del centro donde se venden los famosos “corrientazos”, mientras servía uno de los almuerzos, vio de manera denigrante como expulsaban por la fuerza del lugar al joven y cómo de manera involuntaria las lágrimas corrieron por sus mejillas.
Ante tan entretenida historia, sus interlocutores la interrogan sobre qué ocurrió con el sobrino y Gloria responde entre muchas otras anécdotas que una vez volvió al barrio donde vivían y en horas de la noche se robó el gato de sus vecinos y que al día siguiente lo vendieron vendiéndolo en el centro de la ciudad por dos mil pesos.
Con mirada perpleja y un poco de tristeza recuerda que después del robo del gato, lo vio dos veces más, hasta que el joven les dijo a sus familiares que se iba a trabajar a Córdoba, que un señor muy importante lo iba a contratar a él y a dos personas más personas para trabajar en una finca donde le iban a dar trabajo, ropa, y comida en Tierra Alta (Córdoba) no Córdoba Quindío, sino por allá mucho más lejos de aquí le aclara ella a sus interlocutores.
Y qué pasó? le interroga uno de ellos, no que después de un año de haberse desaparecido y no saber nada de él nosotros lo denunciamos como desaparecido y al año siguiente, llamaron por teléfono al papá de él, por parte de la Fiscalía de Montería a decirle que habían encontrado un cadáver que podía corresponder a su hijo.
Como las veces anteriores, la familia, los amigos y vecinos del barrio, recogieron dinero para que el padre emprendiera el viaje hasta Montería y reconociera los restos óseos del muchacho que apenas contaba con 24 años de edad y cuyo cadáver había sido encontrado en una zona de combate, vestido de camuflado de la guerrilla y portando un arma.
Sus amigos de ocasión exclaman ¡un falso positivo¡ y Gloria dice sí y su mamá que es mi hermana y vive en Ecuador no vino al funeral, porque ella decía que lo había dejado bueno y sano.
¿Y qué más pasó? interrogan en coro sus contertulios,” no pues demandamos al Estado y un grupo de abogados nos está tramitando la indemnización”.

Gloria hace una pausa, respira profundo y toma el turno para reclamar el recibo del impuesto predial de su casa, con una afable sonrisa se despide de los tres desconocidos que atentamente escucharon la trágica historia y de paso pudieron entretenerse por un espacio de tiempo, sin sentir que fue tiempo perdido.

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